F. Fukuyama, a finales de los años 90, publicó un controvertido artículo y luego un libro titulado “El fin de la historia y el último hombre”. Esta obra fue poco leída y aún menos comprendida; incluso a día de hoy, muchos interpretan equivocadamente que la “Historia” a la que se refería era la mera sucesión de acontecimientos desde la prehistoria hasta la época contemporánea. En realidad, Fukuyama quería proclamar que empezaba a vislumbrarse, al modo de Hegel o de Marx, la instauración de un modelo de sociedad en el que por fin se harían realidad los anhelos de la humanidad. Es decir, un sistema institucional en el que las personas verían realizados sus sueños de libertad (en términos hegelianos) o de igualdad (en términos marxistas). En última instancia, su tesis era un relato sobre la historia de las ideas y de las instituciones que las plasman. Ciertamente, Fukuyama compartía la idea de que estaba por fin haciéndose realidad el “sueño” hegeliano: el triunfo de la democracia liberal.
Sin embargo, treinta años después, el “espíritu de la Historia”, como diría Hegel, no ha muerto; tampoco lo ha hecho la “lucha de clases” marxista. Pocas veces en la vida nos hemos sentido tan manejados, cuales peleles, como actores secundarios de una película sin director (porque no lo hay) ni guion, y cuyo final (ideológico e institucional) ni siquiera alcanzamos a vislumbrar. Se han desatado fuerzas históricas que nadie controla. Los acontecimientos se suceden a una velocidad extraordinaria, generando nuevas realidades que, hasta hace unos días, eran inimaginables. ¿Quién iba a sospechar, hace apenas unos días, que Estados Unidos, cuna de la libertad y la democracia, acabaría dejando de lado a Europa, bastión de esos mismos valores, para acercarse a la Rusia de Putin, patria de la tiranía y de la opresión? Y más aún, que sería escenificado y televisado como un acto de humillación, como el sufrido por el Presidente Zelenskyy el pasado 28 de febrero en la Casa Blanca.
El espíritu de la Historia se empeña en demostrar que está vivo y que sigue ejerciendo su poder sobre los seres humanos, meros títeres en su juego. Se han desatado las fuerzas de la Historia y apuntan en una dirección: el autoritarismo. La Historia tiene pocas enseñanzas claras, pero hay una que se repite una y mil veces: el poder alimenta al poder. No existe un proceso espontáneo de reducción del poder. Como decía Lord Acton: “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. El Estado de Derecho es la respuesta histórica a esa enseñanza. Dado que el poder siempre corrompe, hay que limitarlo; y ese límite es la Ley. Según el Antiguo Testamento, la Torá, la Ley, hija de Yahvé, fue entregada a los hombres en el monte Sinaí a través de Moisés. Los hombres debían someterse a la Ley para seguir la voluntad de Dios; de lo contrario, sufrirían su castigo. Desde los orígenes de nuestra civilización, la ley ha sido la expresión de las reglas a las que todos debemos obediencia. El Estado de Derecho retoma esta idea y la convierte en un instrumento de control del poder: se trata de someterlo; en definitiva, el poder debe ser limitado para no corromper la dignidad del ciudadano: su libertad. Es lógico, por tanto, que el poder siempre haya pugnado contra la ley, pues cualquier límite le resulta insoportable.
Estamos viviendo un nuevo capítulo de esa pugna: el poder se rebela contra los frenos que lo sujetan. Y esta rebelión responde a una manera de concebirlo y entenderlo que, incluso, se superpone a las ideologías tradicionales. Es lo que podríamos denominar como la “ideología del poder”, caracterizada por varios elementos. En primer lugar, el poder como instrumento de dominio y obediencia. Desde los despidos masivos, el cierre de organismos, … hasta la renuncia a la búsqueda de consensos o acuerdos. Porque lo único importante es dar satisfacción a los intereses del gobernante, en el sentido más amplio posible. En segundo lugar, no admitir límites, por lo que deben ser eliminados o restringidos, desde los jueces a las instituciones contra-mayoritarias. En tercer lugar, edificar una nueva institucionalidad sobre la que asentar el Estado y la convivencia social; no gobiernan para un periodo de tiempo, sino que quieren instituir una nueva época, la nueva América (MAGA). Y, en cuarto lugar, comprometer la alternancia democrática, la cual, al no ser deseable (porque los “otros” son demonizados hasta el ridículo), se ha de impedir, e, incluso, “neutralizar”, porque la nueva institucionalidad es irreversible.
Es la “ideología del poder” practicada por algunos gobernantes, como Donald Trump y Pedro Sánchez. Que Trump en el año 2020 no quisiera reconocer el resultado de las elecciones es una prueba. Había llegado al poder para cambiarlo, de manera tan definitiva, que la alternancia no era imaginable. Paso a paso, ha ido rompiendo los consensos básicos sobre los que se ha asentado la democracia norteamericana. Un ejemplo es la Orden ejecutiva del 18 de febrero de 2025, con la cual somete a control de la presidencia la actividad de las agencias reguladoras independientes. Se afirma que “la Constitución inviste al presidente de todos los poderes ejecutivos” y que todos los cargos y el personal de dichas agencias deben estar sujetos a la supervisión y control continuos del presidente. Todo lo que estas agencias hagan o decidan deberá ser revisado por la presidencia, la Oficina Ejecutiva del Presidente y, en particular, por la Oficina de Información y Asuntos Regulatorios (OIRA). Se rompe con una tradición de 140 años que separa la política de la intervención pública de ciertas actividades económicas o de mercado mediante autoridades que no pueden ser removidas discrecionalmente. Sin embargo, esto ya ha comenzado a suceder. La Reserva Federal empieza a sospechar que serán los próximos.
En España, Pedro Sánchez está aplicado esta “ideología del poder”. El poder como instrumento de dominio y obediencia: el control del discrepante, en particular, la prensa desafecta; el control de las instituciones contra-mayoritarias, el poder judicial, el fiscal general del Estado y el Tribunal Constitucional; edificar una nueva institucionalidad mediante el desmantelamiento del orden constitucional a golpe de cesiones a los golpistas catalanes; y comprometer la alternancia política, bien impidiéndola o bien consumando un andamiaje institucional que no se puede revertir o sólo muy difícilmente. En definitiva, la completa “patrimonialización” del poder, o sea, el poder convertido en un bien que, además, tiene dueño, que lo administra a su antojo, para obtener un beneficio que sólo el dueño puede disfrutar. Hemos visto desde lo grotesco de pagar con dinero público servicios sexuales a políticos y dirigentes gubernamentales, hasta los indultos y la amnistía a los golpistas secesionistas, pasando por la quiebra de las instituciones contra-mayoritarias mediante su colonización; y ya nos anuncia lo siguiente: el concierto fiscal con Cataluña.
Si “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”, nuestra reciente historia de España nos lo confirma. No hay límite; todo es posible; absolutamente todo; ni el delito lo es porque todo depende de quién lo interpreta y quién lo aplica, en última instancia, el Tribunal Constitucional, convertido en última instancia de “casación política”.
Sin embargo, lo más grave no es la imposición de una nueva institucionalidad, por la vía de la ruptura del orden constitucional, sino que, producida la alternancia, esencia de la democracia, esta asuma que a ella queda vinculada, sin posibilidad de cambio o retrocesión. El verdadero peligro radica en la normalización de lo anormal; en que, por ejemplo, legislar es aprobar decretos-leyes, o de que la mujer del presidente pueda hacer negocios utilizando medios públicos, etc. Si el siguiente hace bueno al anterior, se seguirá el proceso hacia el infierno de la democracia.
Si en los años 90 se creyó que la Historia había terminado con el triunfo de la democracia liberal, hoy tenemos la confirmación de que hay un “después”, donde el “paraíso” es el del poder libre, entregado a su tendencia natural, a corromper. Que sea el sueño de Trump o de Sánchez, sigue siendo la peor de las pesadillas.
(Publicado en El Mundo, viernes 14 de marzo de 2025)
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