Una de las tareas más ingratas con las que nos enfrentamos los docentes, al menos, en mi caso, es la de hacer superar a los estudiantes el temor a la ignorancia. Está mal visto entre nosotros poner de manifiesto lo que ignoramos. En las clases es aún más trágico porque paraliza el conocimiento. Es el temor a que se rían de uno. El temor al ridículo. Intento transmitir a mis alumnos que la ignorancia es la antesala del conocimiento. Es un empeño, a veces, baldío, dirigido, además, a relajar el ambiente y, sobre todo, romper el sentido del ridículo, tanto de aquellos que hablan como aquellos que sonríen. Me ha resultado de mucho interés saber que Confucio dijo que el conocimiento real es conocer la amplitud de nuestra propia ignorancia. El gran filosofo chino del siglo VI a.c. quiso señalar que la finalidad del conocer no es, paradójicamente, satisfacer nuestra ignorancia sino mostrarla en su extensión. Esto alienta el propio proceso del conocimiento. El conocimiento muestra la ignorancia que el propio conocimiento pretende satisfacer, lo que muestra más ignorancia. Un proceso sin fin hacia la ignorancia del conocimiento. Esto es lo que me gustaría transmitir a mis alumnos. La ignorancia es esencial para el conocimiento. No hay conocimiento sin ignorancia.
En el momento presente con la corrupción como uno de los grandes protagonistas, uno de los temas de debate es el relativo a su fuente, su origen, al menos, psicológico. Dos palabras aparecen como recurrentes: avaricia y codicia. Son palabras muy próximas en su significado pero distintas. Según el Diccionario de la Lengua española, avaricia es el "afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas". En cambio, codicia es el "afán excesivo de riquezas." En ambos casos, se tratan de afanes, deseos, impulsos que tienen por objeto las riquezas. Las diferencias se sitúan, en primer lugar, en el cómo se hacen realidad tales impulsos. En el caso de la avaricia, es un deseo "desordenado". En cambio, de la codicia nada se dice, sólo que es "excesivo". Sin embargo, también el exceso está presente en la avaricia. Es más, se podría decir que el afán desordenado es, en sí mismo, un exceso. Así como también lo es el deseo de atesorarlas. En e...
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