El Tribunal Supremo de Estados Unidos acaba de reconocer el derecho a portar armas como un derecho constitucional que protege que los ciudadanos puedan tener un arma para su defensa personal (Sentencia Disctrict of Columbia v. Heller, 26 de junio). Es la primer vez que el TS se enfrenta con el núcleo de la cuestión: la interpretación del significado de la segunda enmienda que tradicionalmente ha admitido dos interpretaciónes: la subjetiva (derecho constitucional) y la colectiva (la milicia como ámbito de ejercicio del derecho a portar armas). Estas dos interpretaciones cabían porque la redacción de la segunda enmienda era extraordinariamente ambigua. Ahora, se reconoce que existe un derecho individual aunque no ilimitado, como cualquier otro derecho. Esto significa que el legislador (tanto federal como estatal) podrá establecer límites pero siempre salvaguardando el derecho de todo ciudadano a tener un arma para la defensa de su hogar, familia y propiedad. Por consiguiente, podría imponer límites en cuanto a lugares, momentos y tipos de armas, siempre y cuando fuese razonable. Aquí es importante el parámetro de la tradición histórica. Justices Rule for Individual Gun Rights - NYTimes.com
En el momento presente con la corrupción como uno de los grandes protagonistas, uno de los temas de debate es el relativo a su fuente, su origen, al menos, psicológico. Dos palabras aparecen como recurrentes: avaricia y codicia. Son palabras muy próximas en su significado pero distintas. Según el Diccionario de la Lengua española, avaricia es el "afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas". En cambio, codicia es el "afán excesivo de riquezas." En ambos casos, se tratan de afanes, deseos, impulsos que tienen por objeto las riquezas. Las diferencias se sitúan, en primer lugar, en el cómo se hacen realidad tales impulsos. En el caso de la avaricia, es un deseo "desordenado". En cambio, de la codicia nada se dice, sólo que es "excesivo". Sin embargo, también el exceso está presente en la avaricia. Es más, se podría decir que el afán desordenado es, en sí mismo, un exceso. Así como también lo es el deseo de atesorarlas. En e...
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