Según el dicho popular, en todas partes cuecen habas. La operación de Iberdrola en Estados Unidos (la adquisición de la empresa Energy East y sus subsidiarias neoyorquinas) están poniendo de manifiesto, como comento en mi columna de esta semana en Expansión, que la arbitrariedad de los reguladores no es un atributo de los españoles, caso CNE. El informe del denominado Juez de Derecho Administrativo de la Comisión de Servicios Públicos del Estado de Nueva York de 16 de junio es la muestra más sobresaliente de lo que decimos. En dicho informe recomienda que la operación no sea autorizada o que si lo es se le impongan importantes condiciones. Me interesan los argumentos utilizados, impropios de Estados Unidos, su cultura democrática y su fe en la libre empresa. En el fondo, como la misma representación de Iberdrola llega a sostener, se le aplica a esta empresa un régimen como si fuese una "empresa terrorista". Uno de los argumentos más increíbles se refiere a la lejanía de la empresa (es española y con sede en Bilbao), la lentitud de la traducción de los documentos al inglés, ... En definitiva, argumentos insostenibles. Hay otros que merecen más interés como el de la concentración vertical, pero lo dejamos para otra ocasión.
En el momento presente con la corrupción como uno de los grandes protagonistas, uno de los temas de debate es el relativo a su fuente, su origen, al menos, psicológico. Dos palabras aparecen como recurrentes: avaricia y codicia. Son palabras muy próximas en su significado pero distintas. Según el Diccionario de la Lengua española, avaricia es el "afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas". En cambio, codicia es el "afán excesivo de riquezas." En ambos casos, se tratan de afanes, deseos, impulsos que tienen por objeto las riquezas. Las diferencias se sitúan, en primer lugar, en el cómo se hacen realidad tales impulsos. En el caso de la avaricia, es un deseo "desordenado". En cambio, de la codicia nada se dice, sólo que es "excesivo". Sin embargo, también el exceso está presente en la avaricia. Es más, se podría decir que el afán desordenado es, en sí mismo, un exceso. Así como también lo es el deseo de atesorarlas. En e...
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