Nos encontramos con el espinoso asunto Nueva Rumasa. El Gobierno ha considerado que ha hecho todo lo que se podía hacer para advertir a los compradores de pagarés sobre los riesgos que asumían. Nos queda la duda de si las Administraciones públicas hacen bastante cuando sobrevienen situaciones como la presente. Una vez consumado el daño, nos podemos preguntar si han hecho suficiente. ¿Cuál es el papel de la Administración? ¿Advertir que el daño se pueda producir o evitar la producción del daño? Si el daño se ha producido es porque algo ha fallado. La función de las Administraciones públicas no es encontrar excusas que le liberen de cualquier responsabilidad, sino evitar que el daño se produzca. Si este se ha producido es porque algo se habrá hecho mal. Si los tenedores de pagarés de Nueva Rumasa, efectivamente, no cobran y las Administraciones públicas eran conscientes de que eran títulos de mucho riesgo, esta tenía medios suficientes para impedirlos. No parece que se pueda considerar que la mera advertencia fuese suficiente para liberar cualquier responsabilidad. Estamos asistiendo al espectáculo de una Administración más preocupada en liberarse de cualquier responsabilidad que en evitar que los ciudadanos desinformados sufran las consecuencias de su propia ignorancia. ¿Qué pasaría si aplicásemos estos mismos criterios al tabaco? Basta la advertencia, que se contienen en las cajas de tabaco, para que la Administración quede liberada de cualquier responsabilidad en su combate a los efectos perniciosos del tabaco. Parece que no. Si esto es así, no se entiende qué es lo que ha sucedido y la reacción del Gobierno. Un Gobierno más interesado en excusarse que preocupado por los daños que eventualmente se pudieran haber producido.
En el momento presente con la corrupción como uno de los grandes protagonistas, uno de los temas de debate es el relativo a su fuente, su origen, al menos, psicológico. Dos palabras aparecen como recurrentes: avaricia y codicia. Son palabras muy próximas en su significado pero distintas. Según el Diccionario de la Lengua española, avaricia es el "afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas". En cambio, codicia es el "afán excesivo de riquezas." En ambos casos, se tratan de afanes, deseos, impulsos que tienen por objeto las riquezas. Las diferencias se sitúan, en primer lugar, en el cómo se hacen realidad tales impulsos. En el caso de la avaricia, es un deseo "desordenado". En cambio, de la codicia nada se dice, sólo que es "excesivo". Sin embargo, también el exceso está presente en la avaricia. Es más, se podría decir que el afán desordenado es, en sí mismo, un exceso. Así como también lo es el deseo de atesorarlas. En e...
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