España ocupa el puesto 36º en felicidad y el 37º en corrupción. Es nuestra clasificación en el mundo. Así resulta del World Happiness Report 2015 y del Corruption Perceptions Index 2014 de Transparency International . Es curiosa tal coincidencia. Inicialmente, extraña. Que España sea, en el ranking mundial, tan infeliz como corrupta, plantea el problema de la posible existencia de una pasarela. ¿Es la corrupción una de las fuentes de la infelicidad? Es una pregunta tentadora. ¿Es, acaso, un rasgo de nuestro régimen político administrativo que se ha ido consolidando con el paso de los tiempos hasta convertirse en fuente de infelicidad? Como si la proyección de uno de los atributos de nuestro régimen pudiese marcar la personalidad de los españoles, a través de la condición ciudadana. La corrupción de la política y de los políticos se convierte en infelicidad personal, mediante el filtro de la ciudadanía. Español y ciudadano coincidirían a la perfección; lo que sufre éste, lo interio...
Blog de Andrés Betancor. Diario de reflexiones, inquietudes y preocupaciones sobre el Derecho y el Estado