La palabra candidato tiene su origen, como nos lo recuerda el libro "300 historias de palabras", dirigido por Juan Gil, de la Real Academia de la Lengua Española, en la palabra latina candidus. Un adjetivo que hace referencia al "blanco brillante". De él deriva directamente cándido, "blanco, sin malicia, ingenuo". El por qué de la aplicación de este término a los aspirantes a ocupar un puesto relevante entre las magistraturas del Estado, en particular, las políticas, viene de la mano de un hecho que también nos explica el propio libro. Como el blanco tradicionalmente se ha identificado con la pureza, los pretendientes a ocupar un cargo público en la antigua Roma se vestían con toga blanca (toga candida). De esta costumbre proviene el nombre latino candidatus, o sea, aquél que viste una toga blanca, sin mancha.
Desde los origenes, candidato es la persona que aspira a un cargo público para lo que exhibe, entre otros méritos, que es inmaculado, su blancura, su falta de mancha que comprometa o arroje sombras sobre su actuación en el cargo. El candidato ha de ser cándido, blanco, inmaculado. La honradez como adorno que lo envuelve. La elección suponía y supone un gesto de confianza de los electores respecto de los elegidos. La confianza de que cumplirán con lo que prometen y, sobre todo, la honradez.
La candidez del candidato vendría a ser un pleonasmo. El candidato es, necesariamente, cándido, blanco, inmaculado. Esta es su esencia y la de la candidatura. Esta esencialdad se ha visto tantas veces rota que ya nos hemos olvidado del origen de la palabra. Si hoy un candidato presume de su candidez será tachado de ingenuo, que es el significado que asociamos a este término, cuando aún más como mentiroso. Está mintiendo. Sabemos que no será cándido, blanco o inmaculado.
El giro copernicano que se ha producido, a mi juicio, en el Cara a Cara que vimos ayer que enfrentó a los dos candidatos a la Presidencia del Gobierno por parte de los dos partidos mayoritarios, el PP y el PSOE, no sólo afecta a la confirmación del olvido del origen de la palabra sino que se ha manchado definitivamente. Nunca antes habíamos asistido a que uno de los "candidatos" llamaba al otro y de manera reiterada "indecente". Tanto es así que se llegó a afirmar que esta indecencia comprometia en el futuro a la institución de la presidencia del Gobierno si el pueblo español, en las próximas elecciones, daba el triunfo al candidato indecente.
Del candidato indecente se pasó a la institución indecente por la mediación de la elección democrática. La indecencia de la persona se proyectó sobre la institución desde el momento en que el candidato indecente es el que ocupa hoy la institución. En definitiva, se habló de un Presidente indecente del Gobierno de España.
Este es un salto cualitativo que tiene, no sólo una lectura, digamos, política, sino también institucional. El término decencia significa, entre otros, según el Diccionario de la Lengua Española, "Dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o calidad de las personas." En relación con el ámbito que ahora nos interesa, la indecencia es la indignidad para ocupar el cargo de Presidente del Gobierno. Es una acusación muy grave. Extraordinariamente grave. El candidato puede carecer de blancura, de candidez, de ausencia de tacha, pero que aquél que ocupa la más alta magistratura del Estado (con exclusión del Jefe del Estado), sea tachado de indigno para ocuparla, está arrojando una acusación que sólo puede proferirse tras haber sido acreditada con los medios oportunos y haber desecadenado la puesta en marcha de los mecanismos para que tal persona no pueda seguir ocupando tal cargo. Porque un indigno no puede ocupar un cargo público, máxime cuando se trata del Presidente del Gobierno. La indignidad de la persona, contagia al cargo, a la institución y esta al Estado. Lo que nos macha a todos los españoles.
Reconozco mi incomodida. Un debate tan a cara de perro sólo puede significar una cosa: que no nos representan. La sociedad española, a mi juicio, no participa del "guerracivilismo" ideológico y político que ayer se puso de manifiesto. Hemos avanzado lo suficiente para considerar que la creencia en una fe ideológica sea tan y tan ampliamente indubitada que nos ha de cegar frente al otro. Los que vivimos bajo el nacionalismo sabemos lo que esto significa. Es la puerta de entrada del fanatismo. Ayer lo que yo vi fue un debate fanático. El fanatismo no conduce a soluciones. Al contrario, al odio. A ensuciarlo todo. Al todo vale. Por fin, lo que vimos ayer se acaba. Por fin, se entierra, espero, el guerracivilismo del fanatismo ideológico. Espero.
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FUENTE: Wikipedia |
Desde los origenes, candidato es la persona que aspira a un cargo público para lo que exhibe, entre otros méritos, que es inmaculado, su blancura, su falta de mancha que comprometa o arroje sombras sobre su actuación en el cargo. El candidato ha de ser cándido, blanco, inmaculado. La honradez como adorno que lo envuelve. La elección suponía y supone un gesto de confianza de los electores respecto de los elegidos. La confianza de que cumplirán con lo que prometen y, sobre todo, la honradez.
La candidez del candidato vendría a ser un pleonasmo. El candidato es, necesariamente, cándido, blanco, inmaculado. Esta es su esencia y la de la candidatura. Esta esencialdad se ha visto tantas veces rota que ya nos hemos olvidado del origen de la palabra. Si hoy un candidato presume de su candidez será tachado de ingenuo, que es el significado que asociamos a este término, cuando aún más como mentiroso. Está mintiendo. Sabemos que no será cándido, blanco o inmaculado.
El giro copernicano que se ha producido, a mi juicio, en el Cara a Cara que vimos ayer que enfrentó a los dos candidatos a la Presidencia del Gobierno por parte de los dos partidos mayoritarios, el PP y el PSOE, no sólo afecta a la confirmación del olvido del origen de la palabra sino que se ha manchado definitivamente. Nunca antes habíamos asistido a que uno de los "candidatos" llamaba al otro y de manera reiterada "indecente". Tanto es así que se llegó a afirmar que esta indecencia comprometia en el futuro a la institución de la presidencia del Gobierno si el pueblo español, en las próximas elecciones, daba el triunfo al candidato indecente.
Del candidato indecente se pasó a la institución indecente por la mediación de la elección democrática. La indecencia de la persona se proyectó sobre la institución desde el momento en que el candidato indecente es el que ocupa hoy la institución. En definitiva, se habló de un Presidente indecente del Gobierno de España.
Este es un salto cualitativo que tiene, no sólo una lectura, digamos, política, sino también institucional. El término decencia significa, entre otros, según el Diccionario de la Lengua Española, "Dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o calidad de las personas." En relación con el ámbito que ahora nos interesa, la indecencia es la indignidad para ocupar el cargo de Presidente del Gobierno. Es una acusación muy grave. Extraordinariamente grave. El candidato puede carecer de blancura, de candidez, de ausencia de tacha, pero que aquél que ocupa la más alta magistratura del Estado (con exclusión del Jefe del Estado), sea tachado de indigno para ocuparla, está arrojando una acusación que sólo puede proferirse tras haber sido acreditada con los medios oportunos y haber desecadenado la puesta en marcha de los mecanismos para que tal persona no pueda seguir ocupando tal cargo. Porque un indigno no puede ocupar un cargo público, máxime cuando se trata del Presidente del Gobierno. La indignidad de la persona, contagia al cargo, a la institución y esta al Estado. Lo que nos macha a todos los españoles.
Reconozco mi incomodida. Un debate tan a cara de perro sólo puede significar una cosa: que no nos representan. La sociedad española, a mi juicio, no participa del "guerracivilismo" ideológico y político que ayer se puso de manifiesto. Hemos avanzado lo suficiente para considerar que la creencia en una fe ideológica sea tan y tan ampliamente indubitada que nos ha de cegar frente al otro. Los que vivimos bajo el nacionalismo sabemos lo que esto significa. Es la puerta de entrada del fanatismo. Ayer lo que yo vi fue un debate fanático. El fanatismo no conduce a soluciones. Al contrario, al odio. A ensuciarlo todo. Al todo vale. Por fin, lo que vimos ayer se acaba. Por fin, se entierra, espero, el guerracivilismo del fanatismo ideológico. Espero.
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