El artículo de J. A. Zarzalejos (Cataluña, La Caixa, Isidro Fainé y el rey - Blogs de Notebook) apunta en una dirección que me parece esencial. El denominado problema catalán, en definitiva, el reto secesionista no puede solucionarse acudiendo a soluciones "externas". El Estado, el Gobierno, Rajoy, y, ahora, el Rey, no son los únicos que deben encontrar la solución. No es la responsabilidad de los "otros" encontrarla cuando los "locales" no quieren participar en su búsqueda porque, como ha sucedido en otros momentos históricos de Cataluña, no quieren asumir el coste que supone. La solución debe surgir en Cataluña cuando se articule una opción clara y con el adecuado respaldo ciudadano que rechace el aventurerismo secesionista que amenaza con conducir a Cataluña al limbo, no sólo jurídico, sino económico y social. La élite política y empresarial no puede ser mera espectadora. No. Deben dar el paso al frente y, asumiendo el coste que todos asumimos, rechazar con claridad la aventura y denunciarla. El momento histórico ya ha cambiado. El Estado no es el responsable de combatir a los radicales, mientras los moderados y catalanistas, los más directos beneficiados de la solución que le reclaman al Estado, se felicitan (privadamente) de la solución pero sin mancharse las manos. No. El reto secesionista es, en primer lugar, un problema catalán y sólo en segundo lugar, español. La élite empresarial quiere alterar este orden para no "pringarse" y seguir viviendo en la comodidad de la ambigüedad.
En el momento presente con la corrupción como uno de los grandes protagonistas, uno de los temas de debate es el relativo a su fuente, su origen, al menos, psicológico. Dos palabras aparecen como recurrentes: avaricia y codicia. Son palabras muy próximas en su significado pero distintas. Según el Diccionario de la Lengua española, avaricia es el "afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas". En cambio, codicia es el "afán excesivo de riquezas." En ambos casos, se tratan de afanes, deseos, impulsos que tienen por objeto las riquezas. Las diferencias se sitúan, en primer lugar, en el cómo se hacen realidad tales impulsos. En el caso de la avaricia, es un deseo "desordenado". En cambio, de la codicia nada se dice, sólo que es "excesivo". Sin embargo, también el exceso está presente en la avaricia. Es más, se podría decir que el afán desordenado es, en sí mismo, un exceso. Así como también lo es el deseo de atesorarlas. En e...
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