Ayer murió D. Eduardo García de Enterría. En la prensa aparecerán publicados comentarios sobre la vida y obra de D. Eduardo (Maestro García de Enterría; por Santiago Muñoz Machado, Catedrático y miembro de la Real Academia Española). Todos harán una meritoria reseña de lo que D. Eduardo ha significado para la Historia de España. En cambio, sólo yo podré expresar mi experiencia personal. Mi deuda personal e intelectual es enorme. Lo conocí al poco de llegar a Madrid, en el año 1987. En el seminario de la Complutense. Me impresionó desde el primer momento. Aún lo recuerdo. Allí estábamos sentados muchos jóvenes. Los jóvenes del Derecho administrativo. Y el presidía el seminario. Lo dirigía y lo sazonaba con comentarios que ilustraban lo que el ponente del día exponía, así como aportaba ideas y sugerencias. Siempre terminaba dando ánimos y la petición de que lo dicho se publicase. Allí estaba, con nosotros, los jóvenes, el gran maestro del Derecho administrativo. Probablemente el que más ha contribuido al progreso intelectual de nuestra disciplina. Impresionante. Antes y ahora. El interés por los jóvenes. Ese interés por asistir todos los miércoles a las sesiones del seminario. A lo largo de los años se va estableciendo y consolidando la relación. Ese magisterio se hacía sentir. Y se transmitía a través de sus publicaciones. Siempre claras y yendo al grano, a la cuestión importante. Su postura la defendía con claridad y también, como no, pasión. Permanecerá en la historia, en la Historia con mayúscula, su compromiso con la libertad, con los derechos, con las garantías de los derechos de los ciudadanos. Un compromiso que es destacable cuando nuestra disciplina se ha construido alrededor de la Administración y el poder. Parecería que lo convencional, como ha habido y hay en la comunidad académica, habría sido elaborar una teoría alrededor de los privilegios de la Administración. D. Eduardo ha aportado un cambio de paradigma definitivo: en el centro del Derecho administrativo está el ciudadano y sus libertades. D. Eduardo ha muerto, sus ideas, su doctrina, sus obras no. Y no morirá porque los retos que alimentaron su preocupación por la más completa protección de los derechos de los ciudadanos no han desaparecido, al contrario. Hoy más que nunca estamos preocupados e interesados en ofrecer armas jurídicas con las que contribuir a hacer realidad aquella preocupación. Mi reconocimiento, mi dolor y mi afecto. Mi recuerdo para siempre.
En el momento presente con la corrupción como uno de los grandes protagonistas, uno de los temas de debate es el relativo a su fuente, su origen, al menos, psicológico. Dos palabras aparecen como recurrentes: avaricia y codicia. Son palabras muy próximas en su significado pero distintas. Según el Diccionario de la Lengua española, avaricia es el "afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas". En cambio, codicia es el "afán excesivo de riquezas." En ambos casos, se tratan de afanes, deseos, impulsos que tienen por objeto las riquezas. Las diferencias se sitúan, en primer lugar, en el cómo se hacen realidad tales impulsos. En el caso de la avaricia, es un deseo "desordenado". En cambio, de la codicia nada se dice, sólo que es "excesivo". Sin embargo, también el exceso está presente en la avaricia. Es más, se podría decir que el afán desordenado es, en sí mismo, un exceso. Así como también lo es el deseo de atesorarlas. En e...
Comentarios
Publicar un comentario