Hace algunas semanas publiqué en Expansión un artículo dedicado a la memoria. A la supuesta memoria que un Conseller catalán dice que tienen las Administraciones. En realidad se trataba de una amenaza. Una suerte de recordatorio dirigido a un Banco que no quiso participar en una operación financiera de la Generalitat de que esta se podía vengar en el futuro. A veces causa sonrojo recordar lo que es evidente: las Administraciones no tienen memoria, la memoria vengativa que preconiza el Sr. Conseller. Las Administraciones sólo tienen legalidad. Este es el único parámetro de su actuación. En el fondo aquél planteamiento vengativo parte de una confusión muy de los políticos españoles (con perdón) que confundir lo público y lo privado, en definitiva, la patrimonialización de lo público hasta alumbrar los mostruos de la corrupción que conocemos.
En el momento presente con la corrupción como uno de los grandes protagonistas, uno de los temas de debate es el relativo a su fuente, su origen, al menos, psicológico. Dos palabras aparecen como recurrentes: avaricia y codicia. Son palabras muy próximas en su significado pero distintas. Según el Diccionario de la Lengua española, avaricia es el "afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas". En cambio, codicia es el "afán excesivo de riquezas." En ambos casos, se tratan de afanes, deseos, impulsos que tienen por objeto las riquezas. Las diferencias se sitúan, en primer lugar, en el cómo se hacen realidad tales impulsos. En el caso de la avaricia, es un deseo "desordenado". En cambio, de la codicia nada se dice, sólo que es "excesivo". Sin embargo, también el exceso está presente en la avaricia. Es más, se podría decir que el afán desordenado es, en sí mismo, un exceso. Así como también lo es el deseo de atesorarlas. En e...
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