El ámbito internacional es un foro decisivo del debate planteado por los secesionistas. Aquí también los constitucionalistas debemos y podemos hacer nuestras aportaciones. Eso es lo que he pretendido hacer con esta modesta contribución publicada en The New York Times en su versión digital en el contexto de un debate sobre la secesión en Europa (Secession Must Be Voted on by Both Parties). Agradezco a los editores su interés en contar con mi colaboración. A mi juicio, es importante romper con el monopolio explicativo de los nacionalistas. Su victimismo los ha colocado en una superioridad, no sólo moral, sino comunicacional que los constitucionalistas debemos responder con datos y no con sentimientos. A mi juicio, el debate sobre la secesión de Cataluña debe ser un debate jurídico y democrático. Cada uno tendrá sus sentimientos sobre el asunto pero sólo las razones son las que deberían inclinar la balanza en una dirección u otra.
En el momento presente con la corrupción como uno de los grandes protagonistas, uno de los temas de debate es el relativo a su fuente, su origen, al menos, psicológico. Dos palabras aparecen como recurrentes: avaricia y codicia. Son palabras muy próximas en su significado pero distintas. Según el Diccionario de la Lengua española, avaricia es el "afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas". En cambio, codicia es el "afán excesivo de riquezas." En ambos casos, se tratan de afanes, deseos, impulsos que tienen por objeto las riquezas. Las diferencias se sitúan, en primer lugar, en el cómo se hacen realidad tales impulsos. En el caso de la avaricia, es un deseo "desordenado". En cambio, de la codicia nada se dice, sólo que es "excesivo". Sin embargo, también el exceso está presente en la avaricia. Es más, se podría decir que el afán desordenado es, en sí mismo, un exceso. Así como también lo es el deseo de atesorarlas. En e...
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